La historia del Ensanche barcelonés es, de hecho, una multitud de historias entrelazadas y solapadas entre ellas, historias que hablan de urbanismo, arquitectura, economía, historia, guerra, sociedad, cultura … y política, mucha, muchísima política.
En un momento de estas historias, toda la prensa catalana se hace una sola voz — inaudito, dicen algunos — y pide al gobierno del Estado que no haga una ampliación extramuros de Barcelona tan pequeña que la haga irrelevante y, sobre todo, inútil. Poniendo sobre la mesa un montón de argumentos bien fundamentados, los diferentes periódicos, cada uno desde su posición y con su estilo, van defendiendo la necesidad del Ensanche de Barcelona haciendo especial énfasis en el valor estratégico y estructural de las infraestructuras.
Lo que los periódicos defienden — y, por boca suya, la burguesía barcelonesa — es que la revolución industrial no ha sido algo pasajero, y que si queremos sacarle provecho (o, al menos, que no nos pase por encima), debemos alinearnos con ella. Entre otras cosas, esto quiere decir que las infraestructuras de transportes y comunicaciones son esenciales, y que la ciudad debe adaptarse: nuevas calles, nuevos trazados, nuevos espacios de producción y distribución de mercancía, etc.
Cada vez hay menos voces que afirmen que la revolución digital será algo pasajero. En consecuencia, si queremos sacarle provecho (o, al menos, que no nos pase por encima), tenemos que alinearnos con ella. Entre otras cosas, esto quiere decir que las infraestructuras de la información y la comunicación son esenciales.
Y los medios?
Los medios divididos en tres frentes:
Uno, definitivamente alineado. Es, sin embargo, si se me permite, residual. Con la que está cayendo, se han malgastado docenas de oportunidades de hacer editoriales y artículos de fondo sobre el poder transformador — económico y social — de ordenadores, Internet y móviles. Cuando se habla de realidades (cada vez más cotidianas) como la administración electrónica, la e-salud el e-comercio o la formación en línea, parece que se hable de la última entrega de la Guerra de las Galaxias. Nada más alejado del la cotidianidad que pintan, por poner un ejemplo, en sus informes los investigadores (Horrigan, Lenhart, Madden, Smith, Fox, Rainie…) del siempre interesante Pew Internet Project.
Otra, definitivamente centrada más en defender el statu quo y debatir hasta la náusea si los bloggers son periodistas o no. Que tiene que haber un debate sobre el futuro de los medios, seguro. Que a menudo sería más productivo sentarse a pensar en lugar de abroncar a la parroquia (que siguen leyendo periódicos) y los “intrusistas” (que, paradójicamente para el argumento, también lo hacen), quizás también.
Y la tercera, y abrumadoramente más numerosa que las precedentes, dedicada por igual a meter el miedo en el cuerpo sobre las vilezas y peligros de la red (de forma más destructiva que pedagógica) o las futilidades más fútiles y las frivolidades más frívolas de la industria del sector.
Por favor, pónganse en línea, que el ensanche digital no es cosa de broma.
Perdonen que no suba a las buhardillas virtuales a desenterrar las referencias. Pero las hay y bastantes. De forma creciente, los informes sobre los patrones de uso de Internet nos muestran que los usuarios “no ven” los anuncios. Se lo podemos preguntar, podemos mirar a través de los clics, o a través de sus ojos: la cuestión es que el usuario “no ve” la publicidad en las páginas web.
En un artículo de hace más de un año, Montse Peñarroya afirmaba que el triángulo de oro de Google seguía siendo válido y que los menores de 25 tienen muy claro que los Adwords laterales son publicidad y que por lo tanto no merecen su atención. Contundente.
Pero la otra pregunta es: ¿si no cerramos, tendremos que cerrar? es decir, si no ponemos los contenidos detrás de un pago, tendremos que abandonar el negocio?
La invisibilidad de la publicidad en Internet no es una cuestión trivial. De hecho, no es ni siquiera una afirmación figurada, sino literal.
Adblock Plus es un pequeño programa que, instalado en el navegador Firefox, bloquea gran parte de la publicidad online. El funcionamiento es bastante sencillo: allí donde el código de una página dice “aquí va el anuncio”, Adblock lo detecta y lo hace invisible. Y como el directorio de anuncios lo alimenta una comunidad de usuarios y se actualiza constantemente con sus contribuciones, yo hace tiempo que no veo anuncios ni en Google ni en Facebook. Y cuando cambien la forma de enseñármelos, Adblock ya encontrará la forma para hacérmelos invisibles de nuevo.
A las preguntas sobre si cerrar los contenidos es una opción, se contraponen las preguntas sobre si confiar en la publicidad también es. Por sí sola no parece que funcione y las opciones que piden por favor-por favor a los visitantes de una página que hagan donaciones o clic en los anuncios me parecen tan bien intencionadas como poco fundamentadas (y lo dice un rousseauniano: pregunten a los hegelianos, pregunten …) .
Entre cerrar (contenidos) y cerrar (la empresa), qué opciones quedan?
Todos los que utilizamos Internet — y por suerte cada vez somos más — hemos recibido alguna vez un mensaje de esos donde un personaje ilustre pontifica sobre la vida, la muerte, o lo que hay entre ambos estadios. Tarde o temprano, una de las víctimas de nuestros reenvíos nos hace notar que la atribución del escrito es falsa: porque (ilustre como es el personaje) sus biógrafos niegan la autoría, porque todavía está vivo y lo niega él mismo, o porque está fechado 200 años después de su muerte.
Hay, sin embargo, una cierta dificultad en verificar la autoría del escrito y, de todos modos, (a) lo que importa es lo que se dice y no tanto quién lo dice y (b) tampoco somos nosotros nadie para ir de investigadores por la vida, que la prioridad es pagar la hipoteca.
Cuando esto lo hacen los medios — por activa o por pasiva — la cosa cambia. Pongamos dos ejemplos.
El primero lo leo en casa de José Antonio Donaire bajo el título Fakes Polítics, donde explica que corre por Internet una falsa noticia supuestamente publicada por France Soir, noticia en que el diario presuntamente le arrancaba la piel a tiras al actual presidente español.
Donaire se ha tomado la molestia de buscar la noticia original y no la ha encontrado. Yo personalmente me he tomado la molestia de buscar la noticia original y buscar también un desmentido por parte de France Soir y no los he encontrado.
En mi opinión, France Soir debería haber respondido. Porque su reputación está en juego. ¿Y cómo sabrá France Soir que le están haciendo saltar por los aires su reputación en la red? Hay formas, muchas formas (publicidad: señores de France Soir, por una módica contribución a mi hipoteca, yo les echo una mano desinteresadamente ;).
El segundo ejemplo es, para mí, todavía más jugoso. A principios de este mes de mayo, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó su barómetro mensual sobre política española. Como era de esperar, la casta política ninguneó y despreció el dato más relevante (todos los políticos suspenden estrepitosamente y, de vivir el s.XVIII, la población les hubiera cortado la cabeza en la plaza del pueblo), y en cambio se ensañó sobre la metodología, las injerencias del gobierno en la encuestología, en el partidismo o neutralidad del ente científico, etc. Un caso de manual de matar al mensajero.
La mayoría de medios de comunicación se limitaron a amplicifar las voces de manipulación, contramanipulación y desmanipulación del CIS, también tapando, de paso, la noticia sobre la baja nota de nuestros políticos, y convirtiendo el caso de manual de matar al mensajero en un caso también de manual de cortina de humo.
Ante tantos casos de manual (y de juzgado de guardia), Alberto Penadés, de la Unidad de Apoyo del Centro de Investigaciones Sociológicas (fácilmente comprobable en la propia web del CIS), publicó un artículo en Debate Callejero titulado La encuesta de intención de voto y las mentiras sobre el CIS, donde defendía la actuación del CIS y, sobre todo, denunciaba cuan fácil era comprobar los argumentos que él mismo aportaba para defender el buen trabajo de su centro.
Alberto Penadés es una persona real que realmente trabaja en el CIS. Pudiera ser, sin embargo, que el artículo en Debate Callejero se le atribuyese falsamente. Pero la cuestión es que, como en los mensajes humanitarios de los poetas que mencionábamos hace unos párrafos, el contenido del artículo es del todo pertinente y es lo que de verdad cuenta.
Cuando se abre la caja de los truenos sobre el periodismo ciudadano, sobre si quien tiene un blog es un periodista, sobre el papel de los periódicos, sobre la calidad contra la cantidad… invariablemente aparece como argumento de la defensa que los periódicos son necesarios porque son los garantes de la democracia, porque son el cuarto poder que mantiene los candidatos a decapitación a raya, porque son los que pinchan donde duele hasta que la información ve la luz.
Y la pregunta es: mientras la arena política española se convertía en una insufrible y atronadora perrera, ¿que hacían los medios? ¿Denunciaban el maltrato a los animales? ¿O les quitaban el bozal y hacían sus apuestas? Yo, personalmente, hubiera agradecido un editorial explicando cómo funciona el CIS y su barómetro, dejando en evidencia los que suspenden no porque el profe los tenga manía, sino porque no hay forma de que se pongan a estudiar.
La televisión pública es, o debería ser, un bien de interés general.
Los bienes de interés general responden a dos grandes necesidades:
Proveer de forma colectiva a los individuos de aquellos bienes que, a pesar de necesitarlos, no se pueden permitir aunque haya un gran consenso sobre su bondad y conveniencia. Por ejemplo, la educación.
Proveer de forma colectiva bienes que en público se reconoce que son necesarios, pero que en privado nunca uno se gastaría un duro en ellos. Por ejemplo, la creación de un cuerpo de defensa cuando ningún enemigo nos ataca o la construcción de un hospital cuando nos encontramos muy bien.
La cultura forma parte de estos bienes de interés general: todo el mundo quiere bibliotecas, y auditorios, y bardos y juglares, y todavía más bibliotecas, pero puestos a elegir dónde gastar el sueldo, preferimos ir al estadio (de fútbol) y dejar la cultura para el día del libro. Así las cosas, el Estado se apropia de la televisión como una plataforma inigualable de transmisión cultural, el continente se confunde con el contenido y aparece la televisión pública como bien de interés general.
El contenido (de interés público y pagado con los impuestos de todos, que de eso versan los contratos sociales) es difundido de forma gratuita por las ondas hertzianas. Si alguien lo quiere bajo demanda, debe pagar. ¿Por qué? En una era anterior a la digital, el almacenamiento tiene un coste, la localización del original requiere un tiempo (y el dinero de quien lo consume), la copia tiene un coste, y el envío tiene también un coste. Como el uso individual sobrepasa el ámbito del interés público, toca sacar la cartera.
De un tiempo a esta parte, muchas televisiones se han apuntado a la moda de colgar los contenidos en Internet. Con la digitalización de los contenidos, y si la maquinaria de gestión interna está bien diseñada, el coste de hacerlo es ínfimo (es cierto que no es nulo pero, insisto, un buen diseño lo hace irrisorio en comparación con otros descalabros presupuestarios ). El almacenamiento para el depósito o para ponerlo a disposición del público es prácticamente el mismo, el coste de localizar los “originales” es nulo si la catalogación está bien hecha, el coste de la presentación puede incluirse en el mismo proceso de catalogación y almacenamiento, y la distribución, si bien no tiene un coste nulo ni despreciable, es, de nuevo, pequeño en comparación con otras partidas.
Para mi sorpresa, sin embargo, muchos de estos programas que se ponen a disposición del público en formato digital — 3alacarta o TVE a la carta, por poner sólo dos ejemplos — no permiten ser descargados al ordenador, ya sea para su conservación, para verlos más tarde y sin conexión, para pasárselos a un familiar o amigo sin nuestra infraestructura, etc. En Televisión Española he sido incapaz de encontrar la forma (la forma fácil: formas siempre hay), y en 3alacarta sólo algunos (no todos los) programas tienen la opción de hacerlo a través del podcast, una opción tan escondida como arcana para una buena parte de la población.
¿Por qué este “sí pero no”?
La única razón que encuentro es la que nos cuenta “Tita Cervera” parodiada por Muchachada Nui, verdaderos pioneros de la televisión española por Internet que, mucho antes de tener la web oficial que ahora tienen, se dedicaban a subir sus vídeos en YouTube:
Es decir, eso del YouTube está muy bien, pero mira la tele que la audiencia es la audiencia. Que los vídeos de las televisiones a la carta obedecen, a mi humilde entender, al mismo criterio: id a la página que lo que cuenta son las métricas, las visitas al sitio web (oficial), y el número de veces y el total de minutos que habéis empotrado vuestros ojos en la web, en nuestra web, en la oficial.
En mi opinión, hemos subvertido los términos. Lo que era un bien de interés general no era la televisión, sino los contenidos que producía y emitía. Que esto haya ido unido lo uno a lo otro durante 80 años no debería cambiar la naturaleza de las cosas. Repetimos: lo que es un bien de interés general es la cultura, no el soporte con que la distribuimos.
Los programas de producción propia ya están pagados, y con los impuestos de los contribuyentes (o con los anuncios, aunque a final de cuentas, vamos a parar allí mismo): el resultado es o debería ser de los ciudadanos, y debería perseguir , por ondas hertzianas o por ADSL, el objetivo de desembrutecerlos y sacarlos de la inmundicia cultural a que son sometidos de forma constante. Y eso quiere decir que, una vez hecho el producto (cultural), cuanto más se extienda, mejor.
Señores de las televisiones públicas, si les place, hagannos fácil descargarnos los programas para desburrificar, que vienen elecciones y, a pesar del desconsuelo y la desesperanza, intentaremos votar y votar informados.
En metalurgia, la escoria son las impurezas del metal que, una vez fundido y refundido, quedan aparte del lingote limpio y reluciente, listas para ser tiradas a la basura — o para ser destinadas a usos menores o marginales al proceso que importa.
Cualquier democracia tiene también tiene sus escorias. Hay quien participa de la política para gestionar y mejorar la vida de la polis y que tiene usos menores o marginales dentro del proceso, impurezas que hay que eliminar.
El problema es que a menudo se hace difícil distinguir unos de otros (especialmente cuando la subversión de las proporciones hace repensar los conceptos de menor o marginal). En un mundo donde la información es escasa y dosificada a conveniencia, requiere a menudo un esfuerzo titánico separar el grano de la paja. Siguiendo con los símiles de Física y Química de bachillerato, nos intentan convencer de que todos son carbono, mientras la realidad es que la composición interna de los unos los convierte en diamantes para la sociedad, y la composición interna de los demás les hace ser carbón del que traen los Reyes Magos (a los votantes).
Estos son tiempos, sin embargo, de abundancia de información, de luz, de comunicación. Estos son tiempos, sin embargo, que nos permiten:
Constatar que, por suerte, no todo el mundo piensa así, que existe por ejemplo la plataforma Badalona Som Totes i Tots [Badalona Somos Todas y Todos] que trabaja para la integración (y no la desintegración) de la ciudadanía.
Cuando toda una sociedad se convierte en luz y taquígrafos, incluso dentro de un pleno municipal, ya no vale nadar y guardar la ropa.
Hace unos días un amigo me comentaba que estaba flirteando con un partido político cuya ideología repugna a su padre. Yo pensaba que era vox populi e hice un comentario ante ambos. Momentos después mi amigo me reprendía por levantar la liebre ante su padre.
Siempre matamos al mensajero: es más fácil que responsabilizarse de las propias acciones. Pero sinceramente espero que pronto habrá tantos mensajeros a matar que no se dará abasto, y aunque sea a regañadientes, se tendrá que acabar dando la cara.
Una de las defensas que habitualmente esgrimen aquellos que denostan o ignoran blogs, twitters y otras plataformas de tipo participativo es que “hay que leer demasiado” o no tienen tiempo para leer “tanto”. Aunque en muchos casos el argumento debe estar más que justificado, en muchos otros suele esconder dos deficiencias.
La primera, que se mueve entre la desidia y el cinismo, es que, en realidad, no se lee ni pizca o se hace de una forma manifiestamente deficiente. Así, todo lo que sea leer siempre será demasiado. En profesiones donde, simplificando mucho, el trabajo se reduce a procesar para enriquecer información — periodistas, profesores, investigadores, políticos… — El límite de lo que se lee debería ser el total de tiempo de que se dispone, no la falta de voluntad. Cuando alguien dice que esto de los blogs le obliga a leer, uno debe preguntarse cuánto debe leer el interlocutor en general y, según la respuesta, que narices se cree que es el trabajo de ________________ (rellenar con una profesión que haga uso intensivo del conocimiento).
La segunda es que han hecho obras en la Biblioteca de Borges, la han ampliado, han cambiado la puerta de lugar, y muchos ni se han dado cuenta. Lorenzo Gomis nos advertía que los interesados producen y suministran los hechos pero los medios en general o bien caían en la trampa o ya les iba bien seguir el juego a los “interesados”. Era, claro, una visión negativa de la cuestión. Pero el hecho es que ahora estos interesados ya no son, por ejemplo, los partidos políticos y su propaganda, sino que de interesados somos todos desde el momento que podemos decir la nuestra en un blog, por Twitter, en Facebook o mil otros lugares más. No parece, sin embargo, que poner la oreja para escuchar los “interesados” tenga ningún tipo de interés.
Se hace necesario — y de forma urgente —, ante todo, admitir que todo el mundo puede generar una noticia. No generarse en el sentido de ser aplastado por un globo aerostático en la Plana de Vic: generarla en el sentido de estar allí para fotografiarlo con el móvil y subirlo a Internet desde allí mismo, comentar la jugada por Twitter y escribir una soflama en el blog culpando del incidente a la inmigración sin papeles. Segundo, hay que saber que, como el agua, la información ha encontrado nuevas vías por donde filtrarse al público. Como el agua, las noticias has sabido colarse entre los diques con que partidos y medios (afines a los primeros) habían emparedado el río de la información.
Si antes los periodistas eran zahoríes que tenían que encontrar lo que era relevante, ahora son mineros con embudo y cedazo: ya sabemos dónde está el oro y “sólo” hay que separar de la arena y la pirita.
Soy profesor de los Estudios de Derecho y de Ciencia Política de la Universitat Oberta de Catalunya, e investigador en el Internet Interdisciplinary Institute y el eLearn Center de la misma.